miércoles, 27 de febrero de 2008

El vertedero

Desde hace unos meses me encuentro en uno de esos cursos de posgrado que hoy hace, porque ha de hacer, todo hijo de vecino. Curso que está muy bien, muy correcto, muy bonito todo... salvo por una circunstancia: las sempiternas visitas.

A mí, desde que era pequeñito, me han aplicado la doctrina tomasiana consistente bien en meter el dedo en la llaga, bien en contemplar la llaga en vivo. Visita para aquí, visita para allá y visita para acullá. Y no por generalizado el asunto deja de ser un coñazo inútil, pues no sé a ustedes pero a mí, si me ponen un video, me lo creo todo. Todo me lo creo y así no es necesario que me desplace para ver, o hacer, una chuminada.

Esto viene al caso de lo que ayer sucedió en ese curso. La cosa es que nuestro profesor se quedó pensativo unos instantes para luego reaccionar y ofrecernos una visita, otra más. Tal que así, tal cual, contestaron mis compañeros...

-¿Queréis ir a un vertedero?

-¡Hostia! ¡Claro!

-Síiiiiii...

-Sí, sí.

-¡Guay!

Mola mazo y guay requeteguay del Paraguay, tío. La ilusión de mi vida siempre fue visitar el Caribe y/o un vertedero.